No sé de dónde llegaban
aquellas aportaciones
quizás eran parte de la sugestión
y la ignorancia más salvaje:
oh, sí, eran indispensables
en aquel mecanismo de la larva
adueñándose de la ofrenda
y de ese desequilibrio más tribal.
Sucumbí a las etiquetas,
al desconcierto de verme manoseada
por la oscuridad,
de ahí mi palidez,
mis continuas fisuras y roturas óseas.
Noté pronto la ausencia de latidos
generados a partir de mi pecho,
estaba el frío concentrado dentro.
Mis huesos eran un soniquete para la noche
y de ellos hacía mis propios hechizos y conjuros
los cuales salvaguardaba a conciencia
en los profundos cráteres de la existencia.
Bullían, erupcionaban de mi propia sangre
y aullaba a sabiendas
de que recogería los temores sembrados
por otros ante las prácticas que no eran
lo que parecían ser,
sólo a ojos de mentecatos.
Gente fuera de la visión sensible.
Holocausto de sistemas.
Una cosecha adictiva,
perversa, psicótica.
El vocabulario excelso y la simbología
contribuyen a la decapitación,
la barbarie y la envidia.
A esa inquisición que dice manifestarse de la fe
para quemar linajes
y expropiar reinos salvajes.
Oh, sí, ¿quién rompió antes el equilibrio?
La supuesta fe
o el conocimiento áureo de la naturaleza.
Obvio que cada cual lanzará su piedra
al aire a la espera de que caiga
bajo su propio yugo.
Agota llevar siempre la razón
y encadena la convicción.
Estoy desnuda, a flor de piel,
siendo quemada y observada en una pira,
que extinguirá una leyenda
si no es por este as que guardo
en el papel del viento
y que rima con la propia naturaleza
a la que retornaré en más material
que el de la ceniza
aunque ésta será suficiente para convertirme
en un nuevo brote de cordura.
Miro hacia el cielo
mientras las estrellas parecen caer
sobre lo que queda de mi pelo
y entonces comprendo
que como yo han muerto
y sin embargo su legado
será eterno.
©DesdeSyrma8.3, 2011
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