LA BRUJA DE AYELÉM No sé de dónde llegaban aquellas aportaciones quizás eran parte de la sugestión y la ignorancia más salvaje: oh, sí, eran indispensables en aquel mecanismo de la larva adueñándose de la ofrenda y de ese desequilibrio más tribal. Sucumbí a las etiquetas, al desconcierto de verme manoseada por la oscuridad, de ahí mi palidez, mis continuas fisuras y roturas óseas. Noté pronto la ausencia de latidos generados a partir de mi pecho, estaba el frío concentrado dentro. Mis huesos eran un soniquete para la noche y de ellos hacía mis propios hechizos y conjuros los cuales salvaguardaba a conciencia en los profundos cráteres de la existencia. Bullían, erupcionaban de mi propia sangre y aullaba a sabiendas de que recogería los temores sembrados por otros ante las prácticas que no eran lo que parecían ser, sólo a o...